Centro Cultural Lusófono

A página dos sócios do CCL

Vivir sin Presente

 68814-megeces-madre-e-hijaVIVIR SIN PRESENTE     por Lucía Rojas  

 

 

 

 

 

 “Ser una sola vez, ¿No es ya bastante?”

José María Valverde

.

Se despertó al oír un murmullo y, al abrir los ojos, quedó deslumbrada por la intensa luz del sol que entraba por la ventana e inundaba toda la habitación. Dio un respingo para incorporarse rápidamente y notó frío y vacío el otro lado de la cama. Su marido seguro que hacia rato que se había ido al trabajo. ¿Por qué no la había llamado?

Una imagen fugaz sacudió su cuerpo, ojos cerrados, alma en vuelo y flores frescas. ¿La muerte? Sacudió la cabeza contrariada, se había dormido y ahora andaría con prisas todo el día.

Se acercó al tocador para coger ropa y vestirse y se topó de bruces con un pequeño armario de madera oscura, con dos puertas y pequeños cajones que llegaban hasta el suelo. Miró extrañada a su alrededor y comprobó asustada que aquella no era su habitación. De las ventanas no colgaban los visillos de ganchillo que hizo para su ajuar, del que no quedaba nada, pues como veía no aparecía el tocador donde los guardaba.

Aquella no era su cama niquelada, ésta era de madera oscura como el armario, y la imagen de Nuestra Señora de la Concepción, patrona de su pueblo, había sido sustituida por la imagen de la Virgen de Fátima.

 

Sobresaltada recorrió la habitación buscando la coqueta. Allí guardaba lo que para ella un tesoro. Allí estaba el secreto que encerraba cada menudencia y baratija. Una mirada fugaz a todo ello le mostraba su eternidad cuajada de momentos. Además guardaba los versos tan lindos que su marido le escribía cada año el día…, aquella fecha, sabiendo que serían el regalo mejor recibido, aquellas cartas de amor adolescente tan tiernas. Tenía que buscarlas. Comenzó a revolver la habitación hasta dar con ellas en uno de los cajones del armario. Las apretó contra su pecho y leyó:“… tu nombre borra de mi boca

odios y envidias,

es presente y esperanza,

me dulcifica

porque es tu nombre”

—Qué bonito escribe, a mi nombre. ¿Mi nombre?- se preguntó queriendo recordar.

“… que cada rincón de nuestra casa

tendrá un beso y un te quiero

haciéndose recuerdo”

 

 Ordenó todo el caos en que había convertido aquella habitación, buscando primero los versos que encontró y después su ropa, que no estaba allí. Había vestidos de señora mayor pero ninguno le gustaba para ella. Hizo la cama con mimo mullendo largo rato la almohada, mientras pensaba dónde se encontraba y cómo había llegado allí. Fue entonces cuando se abrió la puerta y un rostro querido y familiar la tranquilizó:

—Bueno días, mamá. ¿Por qué te has levantado tan temprano?

—Bueno días, pero verás, estás confundida. No soy tu madre.

¿Acaso no ves que soy más joven que tú? Mujer, ¿por qué lloras? Si yo te quiero tanto como si fuera tu madre –le decía sin comprender por qué se había puesto tan triste y por que

no podía hablar. Mientras, la otra, con ternura la llevaba de la mano, le mostraba el baño y decía:

—Mamá, lávate, yo te prepararé la ropa.

Cuando quedó sola en el baño, pensó que aquel era un día muy extraño, se sentía angustiada e iba a llorar, pero se percató de que no estaba sola. Detrás del espejo la miraba una anciana que parecía estar tan contrariada como ella. Ambas abren sus anchos ojos al asombro, contemplan, tocan el cristal inmóvil de alma impenetrable y claman sin gritar. Ella de pronto pensó en su madre. Hacía demasiado tiempo que no la visitaba. Así que decidió ir aquella tarde. A su lado, el corazón no sabe de agonías, navega por los cielos felizmente con las alas abiertas como un pájaro, pues su madre la defiende hasta del aire. Y la anciana permanecía tan perpleja como ella detrás del espejo.

—Buenos días – se atrevió a saludar.

—Buenos días – respondió la vieja al unísono.

—¿Quién eres?

—¿Quién eres? – preguntaba la vieja del espejo.

—Yo soy…

– Yo soy…

Se enfadó ante la actitud de la vieja y le sacó burlona la lengua. La anciana le devolvió el gesto con igual semblante. Acabaron riendo juntas. Bueno, no había que preocuparse, parecía que en aquel lugar la querían.Cuando aquella que la llamaba “mamá” volvió con la ropa, ella se sintió más contrariada aún. Con mimos pretendía ponerle un vestido que seguro era de aquella anciana burlona que imitaba todos sus gestos y que se había peinado las canas a la vez que ella su negra melena. Cedió al final porque la otra le prometió ir después a su casa donde se cambiaría.

Ahora urgía irse al trabajo. Su marido era paciente, pero seguro que algo enfadado estaría, como ella en su lugar. Pero su acompañante le daba unas explicaciones que aunque no la convencían, las exponía tan afligida que decidió que se quedaría acompañándola.

Desayunó sin ganas, aunque todos los dulces que había en la mesa eran lo que más le gustaban, y el olor del café era tan familiar como el de todas las mañanas, por lo demás, todo insólito y diferente. Supo que tampoco podía visitar a su madre por…

—¿Qué dijo la otra que pasaba? – pensaba intentando recordar.

Pero eso le preocupaba menos. Su madre la buscaría, daría con aquel lugar, estuviese donde estuviese.

—¿Dónde estoy? – preguntó a la otra, que como siempre, se entristeció mucho.

Ella quiso replicar inmediatamente. Decirle que la quería. Que estaba a gusto con ella. Pero que allí no estaba su vida. Que se sentía presa, extraña y, aunque llorara, tendría que resignarse a una despedida. Pero solo, al cabo de un rato, se atrevió a preguntar:

—¿Cuándo podré ir a mi casa de Barrancos? Allí todos me conocen y a todos recuerdo.

La otra, con esa pena que era en sí misma, hizo una mueca intentando sonreír y dijo:

—Esta es tu casa ahora.

—No. Desde mi ventana veo las blancas paredes, las rejas caladas, los olivos que llevan las huellas de mis manos, los pájaros libres cantando en el huerto, donde el agua del pozo es fresca y clara. En mi casa el calor de la lumbre es muy placentero. Allí, mis brazos son nido, mis manos caricias y mi boca besos.

Se sentó mientras hablaba, pues se sentía cansada, como si todo lo que tenía proyectado realizar ese día hubiera acabado de ejecutarlo. Necesitaba mitigar aquel cansancio que parecía tener acumulado en años. La otra pareció saberlo, la llevó hasta un sillón para sentarse, la invitó a almorzar y a cenar y, más tarde, la condujo a una habitación que no era la suya y la tranquilizó diciéndole que allí volvería su marido.

La otra se levantó cuando todavía era de noche y se dispuso a emprender otro día de su monótona vida. Abrió la ventana y respiró el aire viciado de la ciudad en aquel amanecer que no le deparaba nada nuevo. Se preparó un café cargado y lo tomó a sorbos pausados. Estaba más reanimada cuando su marido e hijos se acercaron para desayunar apresuradamente y despedirse con un beso hasta la noche. El trabajo les quedaba lejos y nunca volvían antes de las diez.

La otra, como su madre, también había empezado a añorar su pueblo, esa villa alentejana a la que tantos emigrantes como ellas, siempre evocarían.

Había llegado el momento en que habitaban la casa las dos y el silencio.

—Buenos días mamá, —dijo mientras pensaba:

—Qué pena que me mires desde el vacío de tus tinieblas. Tu amor se cumplió en mí. Mecías mi cuna en un rincón de flores invisibles. Ahora tengo tus angustias a mi cuidado.

Ella no le respondió. Ya hacía tiempo que guardaba silencio. Tendida en su lecho, como en el último año, miraba al vacío con una sonrisa perenne de felicidad. La otra sabía por qué. Había vuelto a su casa en Barrancos, a espaldas de la Praça da Liberdade, y cuidaba los rosales y jazmines del patio lleno de luz, o quizás, él viene por la estrecha callejuela soñando ansioso con su abrazo. La atraviesa con la mirada, que levanta el vuelo de los pájaros, mientras apenas las yemas de sus dedos comienzan recorriendo su mejilla para acabar asiéndola por el talle y susurrando aquel verso a su oído:

“… que cada rincón de nuestra casa

tendrá un beso y un te quiero

haciéndose recuerdo.”

Y unidos por la mano se llevan a esa noche larga hasta perderse en el mutuo calor.

Acaso abraza a su madre que la mira amorosa como a su niña que es. Pues de nuevo es posible su voz y su presencia, y sus manos pañuelo alisándole la falda.

La otra se acerca a la cama, la besa sin llantos. Ya se han agotado las lágrimas y, ella, su madre, agrandando más la sonrisa, la mira y susurra:

—Hija mía.

Fue la última vez que oyó su voz, aunque siguió sonriendo feliz.

 

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